¿Por qué atrae el chawan? ¿Por qué algunos ceramistas nos obsesionamos y dedicamos años a una forma aparentemente simple? ¿Por qué volvemos una y otra vez como un misterio inagotable? Estas preguntas dan vueltas en mi cabeza desde hace años, quizás no tenga las respuestas, pero puedo contar mi experiencia.
El chawan es un utilitario, un objeto pragmático. Pero quien solo lo ve así, se equivoca. Etimológicamente no es más que una taza de té. Sin embargo, ocupa un lugar extraño. Hace mucho tiempo que el mundo del arte reconoció en él algo más que una pieza funcional. Existen chawan que se estudian, se exhiben en museos, se coleccionan y se venden por sumas enormes. Pueden ocupar el mismo lugar que una escultura o una pintura y, aun así, siguen siendo tazas de té, porque esa es su naturaleza. y, sin embargo, el chawan vive y se completa con el uso. Lo interesante es que no es solo una taza. El chawan termina mostrando con bastante honestidad cómo mira el mundo quien lo hizo. Como dijo Malena Higashi(1), "queda algo vivo de quien lo hizo", creo además que nos transmiten sensaciones, parecen tener un espíritu propio. Comprendiendo esto se entiende por qué es un desafío y un examen para cualquier ceramista. Porque en una pieza tan chica no hay espacio para esconderse, se convierte en una especie de espejo del propio ceramista.
En el chawan encontré un objeto que parece resistir la lógica contemporánea. En un tiempo dominado por la velocidad, por la disputa de tu atención, la novedad y el cambio permanente, el chawan sigue habitando otro ritmo. No busca llamar la atención, ni seguir la moda. Es una pieza pequeña, lenta, humilde, silenciosa e imperfecta. Quizás por eso resulta tan fácil identificarse con ella. Y, sin embargo, es capaz de contener una profundidad enorme.
(1) Malena Higashi es presidenta de la Escuela Urasenke Argentina y Lic. en Letras autora de "El viento entre los pinos", un ensayo acerca del camino del té.